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Terra
La Coctelera

tio-anton

11 Julio 2011

PE PUNTO Y SEGUIDO

 

     El ladino Rubalcaba, aventajado discípulo de Maquiavelo, pretende lavar su rostro marcado por las asperezas gubernamentales en dos ejecutivos diferentes. Ambos tuvieron un final lamentable, desastroso, insólito. La contribución de nuestro personaje no estuvo protagonizada por la apatía, el desacuerdo o la deserción. Antes bien, desempeñó un papel definitivo en aquel lejano, roído por la corrupción y los GAL, y en este próximo, claro manifiesto asimismo de ruina política, económica y moral. Exhibe abultado currículum vitae como factótum a la sombra de González y a la par de Zapatero, para hacerse de nuevas e intentar (limpio, sin mácula) la catarsis urgente. Cómo estará el PSOE para ver en él al César que pasará el Rubicón, cuando sólo es (lo indica el tópico) un bombero pirómano.

 

     Alfredo, el candidato tornasol, utiliza en la operación cosmética un jabón denominado "Pe Punto". Supone, sin duda, aceptar (mejor aprovechar) la carga heurística del vocablo punto. Iniciada por los cibernéticos Punto com, siguen con humildad y veteranía los Puntos gramaticales, el Punto de vista, poner los Puntos sobre las íes, etc. Aunque menos sugestivos, tienen su aquel: coger un Punto (pequeña borrachera), Punto en boca, Punto muerto y, sobre todo, Punto crítico. Sin embargo, me temo que al estilo del aludido prócer le iría como anillo al dedo "Pe y Punto", según prepondera el atinado aforismo: "aunque la mona se vista de seda...".

 

     Particularmente creo un error morrocotudo la elección (digital pero sin discrepancias) de Rubalcaba para conformar un partido moderno, sugestivo, adecentado. Aparte el anhelo imposible de colgarse nueva credencial, deja al descubierto demasiados talones de Aquiles.  En la práctica es ilusorio salir indemne. Compromete cuantiosos flancos y esta circunstancia debe resultar lesiva no ya para sus intereses sino para los del partido y, por ende, para España. La LOGSE, su particular irrupción la tarde noche del 13 M, el papel extraño en los GAL, el caso Faisán y la corresponsabilidad en el presente caos económico, amén de minucias más o menos significativas, le merman todo crédito, le ilegitiman, para proponer programas o acciones.

 

     Ayer, en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, ante la plana mayor, prensa (en gran medida domesticada) y con el vigor que imprime una multitud de conmilitones en paro, Pe Punto -escorado a la izquierda, (un derrote oportuno)- fue desgranando ideas y proyectos inverosímiles; salvo el hecho, nada probable, que lleve tres lustros tomándonos el pelo. Previa a la escenificación se dejó oír aquella llamativa frase: "sé cómo salir de la crisis y crear empleo", azote para cinco millones de ciudadanos que sufren, además, la indignidad de escuchar impúdicas ocurrencias procedentes de aventureros, algunos iletrados, satisfechos. Allí, Alfredo aleteaba un falso poder, una vana esperanza impregnada, cual Ícaro moderno, de ilusiones que pueden derretirse. Tras el pregón, exclusivo para la concurrencia presente y la feligresía fiel, queda el eslogan cuajado de cinismo, "la política hay que hacerla completamente limpia" y la nada en penumbra.

 

     Dudo que esta treta ideológica minimice el fracaso electoral, pero agravará seguramente la estéril trayectoria partidaria emprendida por Zapatero. Nadie que sea causa del problema logra, a su vez, fundamentar la solución. El PSOE perderá, al menos, cuatro años en hallar a alguien, exento de mancha, sin contaminar, que consiga restituir credibilidad, ética y compromiso nacional, a un partido envilecido donde pululan intereses bastardos, incoherencia y falta de perspectiva política; todo ello envuelto en un método sectario propio del siglo XIX. Le auguro un largo periodo en la oposición. Es preciso para renacer y, de rebote, coadyuvar al rescate del país.

 

     Por todo lo expuesto, Pe Punto no es un punto final, ni siquiera un punto y coma; es un punto y seguido.  

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4 Julio 2011

SALVAS DE APLAUSOS

 

     Frustrado mi firme propósito de presenciar al completo el debate anual sobre el Estado de la Nación (ni siquiera me retuvieron las dúplicas), plasmo en estos renglones una opinión -seguramente mutilada por tal circunstancia- que pretende ser objetiva como factor medular. El discurso del presidente, monótono, reiterativo, magnánimo, se construyó sobre tres columnas barrocas; es decir, con escasa solidez pero vitales a la hora de apuntalar reseñas con aspiraciones llamativas. Reformas, consolidación fiscal y cohesión social eran los falsos pilares que sabiamente retorcidos, entorchados, debían conseguir un efecto hipnótico, halagüeño, en el espectador poco riguroso. Siguió, terco, un itinerario recurrente. Centró toda su retórica en salir indemne, exento, irresponsable, de la angustiosa situación actual. Los insensibles a cánticos de sirena, mi caso, debieron quedar insatisfechos si no asqueados. La respuesta lógica aconsejaba abandonar el hemiciclo virtual. En última instancia, apagar la tele.

 

     Al sesteo (una putada para sus señorías, con perdón por lo de... putada), Rajoy consumió casi cuarenta minutos. Expuso un catastrófico manejo del gobierno en materia exclusivamente económica. Sin que le faltara acierto en esa visión monotemática, me pareció asistir una vez más al delirante y vano, a la par que sordo, "cada loco con su tema". Ninguna referencia que afectara al festín autonómico; lejos de someter a juicio el sistema electoral -gravoso para los partidos nacionales minoritarios- o pasar sobre ascuas (mejor ni eso) en temas fundamentales como la regeneración democrática y cese de la indecencia generalizada. Perdió una magnífica oportunidad; mas doctores tiene la iglesia. El resto de partidos, huido ya del debate, sospecho cumplirían lo rutinario. Los nacionalistas exaltando su cargo a la gobernabilidad de España, al tiempo que simulan fobias y egoísmos ilimitados. Izquierda Unida baila el agua. Unión Progreso y Democracia constante en su castigo certero. En fin, lo de siempre; sorbos y tragos para cegar al personal.

 

     Podría anularse tan artero ritual de la agenda parlamentaria al menos por dos razones básicas. En primer lugar, porque su etiqueta (Estado de la Nación) no se ajusta un ápice al contenido artificioso que ambas siglas mayoritarias apetecen ciegamente. Consumen energías e ideas, parcas estas, para ganar el torneo en que han convertido ese espacio anual que debiera ofrecer un colofón solemne y eficiente. Intuyo les interesa satisfacer el absurdo prurito personal antes que dar respuesta a las inquietudes colectivas. El segundo motivo brota del anterior: si no hay diagnóstico, se descontextualizan los problemas y, por consiguiente, se diluyen las soluciones. Pura exhibición de florete dialéctico.

 

     Los primeros espadas mostraron un discurso perimetral. Uno empeñado en proclamar el camino virtuoso que lleva transitando siete años. El otro no le reconoce acierto alguno. Se reproduce con exactitud la melodía primigenia, sin advertir ningún retoque en el escenario ni en las partituras. Nada mollar. Un intenso eco pleno de monotonía e insatisfacción cala al auditorio, día a día más incrédulo. Les falta valor, quizás aliento o fe, para volcar sus desvelos en corregir el rumbo desastroso que ha tomado España. Podemos inferir que existe un pacto tácito para soslayar algunas porfías vertebrales en la viabilidad del propio Estado. ¿Acaso no consideran imprescindibles reformar la Ley Electoral, la normativa judicial y los criterios de competencia autonómica? Nos va en ello la esencia democrática y la existencia del país.

 

     Las resoluciones finales (su aprobación) no desvelaron nada nuevo bajo el sol. Un gobierno débil, siempre presto con el humeante plato de lentejas. Una mayoritaria oposición alejada del BOE; peor aún, de la Hacienda pública y a quien hacen ascos por temor al "terrible"contagio. Por fin, unos nacionalismos ávidos, infinitamente voraces; cuyas actitudes hacia el PP evidencian (aparte déficits democráticos) complejos soterrados, así como cierta orfandad ideológica, permutada por el pragmatismo pecuniario.

 

     Desconozco qué dictamen mereció al amable lector el contenido del postrero debate de la legislatura. Lo reseñable en aquello que escuché, desde mi humilde apreciación, fueron las artificiales, forzadas y competidoras salvas de aplausos.

 

 

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3 Julio 2011

UN RITUAL ENGORROSO

 

     Se acerca, implacable, el plazo para formalizar la declaración de Hacienda; ese ritual que exige inmolarnos cada año. Utilizo conscientemente la forma pronominal del verbo inmolar porque su significado: dar la vida, la hacienda, el reposo, etc. en provecho de alguien o de algo, concuerda con el objetivo recaudatorio, casi esquilmador, del gobierno. Yo, deudor asiduo, suelo presentarla el último día; cuyo móvil, tal vez mal entendido, equiparo a un gesto de rebeldía. Constituye la modesta opción personal para mostrar (mostrarme) absoluto rechazo a tal canon.

 

     No tengo particular repugnancia al hecho de contribuir; me enfurece su alcance y, sobre todo, la derrama posterior de mi aporte. Es de dominio público que el aspecto progresivo del impuesto se limita, en realidad, a un voluntarismo inane; incluso a un pomposo chute opiáceo capaz de adormecer, aplacar, sentimientos subversivos. Las grandes fortunas se acomodan a leyes que les permiten el fraude efectivo, sin perjuicio de recorrer, el común, vericuetos confusos que terminan recortando el precepto e inútil para la gran mayoría sujeta a nómina. Semejante contexto provoca, por ruina, el ocaso; una desaparición progresiva y alarmante de la clase media, columna dorsal del Estado.  Mi umbral de hastío lo baso, no obstante, al proceder antojadizo, en ocasiones punible, con que se asigna el tesoro público. Prebostes de todo pelaje destilan arrogancia inclemente, al tiempo que pregonan falsos desvelos benefactores soslayando justicia y equidad. ¿Será preciso recapitular el extenso catálogo de conquistas sociales prometido por el ejecutivo e incumplido al paso del tiempo? ¿Olvidamos aquellos apoyos y subvenciones a élites "intelectuales", sindicales, empresariales o financieras con un montante de cientos de miles de millones de euros? Las vivencias que no aleccionan nos convierten en sujetos acríticos, marionetas del atropello.

 

     El déficit se consuma cuando gastamos más caudales que generamos. Este escenario conlleva el aumento de deuda pública. Sólo puede conseguirse el equilibrio aquilatando dispendios o aumentando ingresos con mayor exigencia impositiva. Los políticos, según constatan diarios y noticieros, rechazan cualquier propuesta que merme sus privilegios; antes bien, consiguen una insólita unanimidad al someter a votación subidas salariales o ventaja sustantiva. Reducir el derroche municipal, autonómico o estatal, parece improbable mientras los actuales partidos continúen demoledores, inmunes a los problemas ciudadanos. Han creado  monstruos voraces, sin freno, que terminarán por engullir a sus promotores si antes no los domestican; mejor aún, los aniquilan. Imposible, pues, disminuir el derroche; subirá, por tanto, el baremo impositivo hasta casi asfixiarnos. La atmósfera, por fas o por nefas, está algo cargada.

 

     Egoísmo desmedido e insensibilidad, vicios tópicos (¿genuinos?) de nuestros prohombres, obligan al gobierno -inicuo, cómplice, permisivo- a sobrepasar con creces esa frontera que impone la ética, el mandamiento social propio de una democracia auténtica. Aquí se inicia el atajo que concluye pervirtiendo el Estado de Derecho. Al quebrar la división de poderes, toda democracia queda convertida en horrible caricatura; aparecen soterrados guiños dictatoriales y el individuo acaba sometido a intereses varios, indefenso, sojuzgado. Las esencias doctrinales, en estos casos, conforman auténticos señuelos a los que persiguen, con perseverancia, naciones ignorantes e ingenuas.

 

     Convencido del timo a trueque trilero, aferrado ilusamente a una libertad arrebatada en nombre de la democracia, vivimos (esclavos) bajo el caudillaje de un ejecutivo tiránico, absoluto, con el apoyo imprescindible de medios en alquiler. Este entorno colma mi indignación a la hora de liquidar a esa Hacienda que voces demagogas, falaces, afirman somos todos. Sufragamos no sólo la pérdida de nuestra libertad sino la desvertebración de España, cada vez más débil en el concierto internacional. Esquilman sudores propios y ajenos para conseguir apoyos insalubres o quebrantar instituciones judiciales, cuya independencia  legitima con exclusividad el Estado Democrático. Existe un refrán castizo que describe exactamente este horizonte. Tras suavizar el texto y negar toda interpretación miserable, dice así: Encima de  meretriz (dejo al albedrío del amable lector el sinónimo) hay que poner la cama.

 

     Extinta, en parte, por mor de estos renglones la aversión que me embarga año tras año, subordino mi espíritu (también mi bolsillo) a establecer la parte alícuota que he de ingresar. Así podrá costearse esa cama enorme, inmensa, donde cuatro aventureros sin escrúpulos violentan a un pueblo siervo, entregado.

 

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18 Junio 2011

UN RITUAL ENGORROSO

 

     Se acerca, implacable, el plazo para formalizar la declaración de Hacienda; ese ritual que exige inmolarnos cada año. Utilizo conscientemente la forma pronominal del verbo inmolar porque su significado: dar la vida, la hacienda, el reposo, etc. en provecho de alguien o de algo, concuerda con el objetivo recaudatorio, casi esquilmador, del gobierno. Yo, deudor asiduo, suelo presentarla el último día; cuyo móvil, tal vez mal entendido, equiparo a un gesto de rebeldía. Constituye la modesta opción personal para mostrar (mostrarme) absoluto rechazo a tal canon.

 

     No tengo particular repugnancia al hecho de contribuir; me enfurece su alcance y, sobre todo, la derrama posterior de mi aporte. Es de dominio público que el aspecto progresivo del impuesto se limita, en realidad, a un voluntarismo inane; incluso a un pomposo chute opiáceo capaz de adormecer, aplacar, sentimientos subversivos. Las grandes fortunas se acomodan a leyes que les permiten el fraude efectivo, sin perjuicio de recorrer, el común, vericuetos confusos que terminan recortando el precepto e inútil para la gran mayoría sujeta a nómina. Semejante contexto provoca, por ruina, el ocaso; una desaparición progresiva y alarmante de la clase media, columna dorsal del Estado.  Mi umbral de hastío lo baso, no obstante, al proceder antojadizo, en ocasiones punible, con que se asigna el tesoro público. Prebostes de todo pelaje destilan arrogancia inclemente, al tiempo que pregonan falsos desvelos benefactores soslayando justicia y equidad. ¿Será preciso recapitular el extenso catálogo de conquistas sociales prometido por el ejecutivo e incumplido al paso del tiempo? ¿Olvidamos aquellos apoyos y subvenciones a élites "intelectuales", sindicales, empresariales o financieras con un montante de cientos de miles de millones de euros? Las vivencias que no aleccionan nos convierten en sujetos acríticos, marionetas del atropello.

 

     El déficit se consuma cuando gastamos más caudales que generamos. Este escenario conlleva el aumento de deuda pública. Sólo puede conseguirse el equilibrio aquilatando dispendios o aumentando ingresos con mayor exigencia impositiva. Los políticos, según constatan diarios y noticieros, rechazan cualquier propuesta que merme sus privilegios; antes bien, consiguen una insólita unanimidad al someter a votación subidas salariales o ventaja sustantiva. Reducir el derroche municipal, autonómico o estatal, parece improbable mientras los actuales partidos continúen demoledores, inmunes a los problemas ciudadanos. Han creado  monstruos voraces, sin freno, que terminarán por engullir a sus promotores si antes no los domestican; mejor aún, los aniquilan. Imposible, pues, disminuir el derroche; subirá, por tanto, el baremo impositivo hasta casi asfixiarnos. La atmósfera, por fas o por nefas, está algo cargada.

 

     Egoísmo desmedido e insensibilidad, vicios tópicos (¿genuinos?) de nuestros prohombres, obligan al gobierno -inicuo, cómplice, permisivo- a sobrepasar con creces esa frontera que impone la ética, el mandamiento social propio de una democracia auténtica. Aquí se inicia el atajo que concluye pervirtiendo el Estado de Derecho. Al quebrar la división de poderes, toda democracia queda convertida en horrible caricatura; aparecen soterrados guiños dictatoriales y el individuo acaba sometido a intereses varios, indefenso, sojuzgado. Las esencias doctrinales, en estos casos, conforman auténticos señuelos a los que persiguen, con perseverancia, naciones ignorantes e ingenuas.

 

     Convencido del timo a trueque trilero, aferrado ilusamente a una libertad arrebatada en nombre de la democracia, vivimos (esclavos) bajo el caudillaje de un ejecutivo tiránico, absoluto, con el apoyo imprescindible de medios en alquiler. Este entorno colma mi indignación a la hora de liquidar a esa Hacienda que voces demagogas, falaces, afirman somos todos. Sufragamos no sólo la pérdida de nuestra libertad sino la desvertebración de España, cada vez más débil en el concierto internacional. Esquilman sudores propios y ajenos para conseguir apoyos insalubres o quebrantar instituciones judiciales, cuya independencia  legitima con exclusividad el Estado Democrático. Existe un refrán castizo que describe exactamente este horizonte. Tras suavizar el texto y negar toda interpretación miserable, dice así: Encima de  meretriz (dejo al albedrío del amable lector el sinónimo) hay que poner la cama.

 

     Extinta, en parte, por mor de estos renglones la aversión que me embarga año tras año, subordino mi espíritu (también mi bolsillo) a establecer la parte alícuota que he de ingresar. Así podrá costearse esa cama enorme, inmensa, donde cuatro aventureros sin escrúpulos violentan a un pueblo siervo, entregado.

 

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11 Junio 2011

CONFUNDIR LA VELOCIDAD CON EL TOCINO

 

     La última reunión del Comité Federal socialista -ese concilio alabanero, epílogo patético al descalabro electoral- resultó sorprendente. Su raquitismo les hizo sustituir la crítica, el oportuno análisis, por una especie de pócima que, sin curar el mal, evitase los previsibles estragos evidenciados en la enfermedad. Fue curioso advertir como ambos mandamases, coautores directos de la agonía económica y del oprobio político, disfrutasen ufanos (cual cataplasma lenitiva) del discurso lisonjero. Uno y otro, recíprocamente, se intitularon atletas. Con poca fe, o ayunos de ella, el presidente (para la ocasión telonero) evocó al antaño velocista Rubalcaba y éste (convertido en oficiante) confirma a Zapatero corredor de fondo; en mi opinión, hace tiempo desfondado. Suplieron el contrito y necesario examen de conciencia por esa banalidad retórica.

 

     Incursos arteramente en los senderos de la velocidad, me produjeron una apetencia infrecuente de escrutar tales comportamientos, aprestaron mi ánimo a escrupulosas lucubraciones. El error, involuntario o menos, al igual que cualquier ente abstracto es inconmensurable, huérfano de toda medida. Sin embargo, hay lugares donde al protagonista del yerro mayúsculo, inmenso, se le espeta desdeñosamente el siguiente latiguillo lacerante: "confunde la velocidad con el tocino". Semejante reproche impera, al menos, en la Manchuela conquense. Significa una metedura de pata garrafal, infinita; sólo aplicable a personas irreflexivas, insolventes e incluso subyugadas por ardor vicioso.

 

     El 22 M sirvió para poco, aparte cambiar el color político del mapa nacional. Pobre negocio si la corrección afecta únicamente al tono cromático. Los socialistas no han entendido (no quieren entender) el mensaje que expresaron las urnas con meridiana nitidez. Ellos, tan demócratas, hacen caso omiso a los ciudadanos. Pidieron renovación, cambio de rumbo, y les responden, obcecados, aferrándose desesperadamente al poder o, en el colmo de la sordera, retrotrayéndose resucitando un estilo opaco y un líder maquiavélico, déspota, digno de olvido. Siguen pensando, a pesar del varapalo, que el personal es imbécil, olvidadizo, inconsistente. El 22 M constata, superada la bambolla (esto ha resultado) preelectoral de los "indignados", que son ellos los majaderos. Su torpeza para gestionar el país se agrava sobremanera porque han malgastado la credibilidad inicial. Los desvelos que prodigan, acompasados por voces adscritas a la consigna, ya no convencen a nadie, pues  el movimiento hay que demostrarlo andando, nunca parado. Menos si confían para conseguirlo en quien todos le reconocen rey de la tramoya, burlador impenitente y cínico irredento. Están enterrando la ilusión colectiva iniciada allá por los años ochenta. ¿Cómo puede generar optimismo quien es corresponsable, en dos gobiernos diferentes, de sendas situaciones ruinosas?

 

     El PP, por su parte, adolece del mismo achaque. Sigo sin entender en qué méritos se fundamentan para creerse ganadores. El diagnóstico proviene incorrecto. El español suele votar a la contra, con las vísceras, sin cabeza. El PP no ha ganado nada; el PSOE ha perdido todo. Al votante ya no le influye táctica agresiva alguna. Muestra su hartazgo al insulto, al dóberman, a la recuperación de las dos Españas, a la falta de programa. El reciente resultado refleja un voto de castigo más que de convencimiento. Rajoy haría bien mostrándose incisivo, pero humilde, y abandonar la torpe (asimismo falsa) intención de virar el calcetín. Sólo gobernará dos nuevas autonomías (Castilla la Mancha y Cantabria) junto a otras tantas dudosas (Aragón y Extremadura). Los problemas de España no empiezan a resolverse con auditorías, que también; además es necesario crear empleo, cambiar la Ley Electoral, liberar la judicatura, combatir la corrupción...; en fin, regenerar la democracia. Que don Mariano proclame ahora la contención en el gasto, tras el ayuntamiento de Madrid y la Comunidad valenciana, parece, al menos, un despropósito. La incoherencia conlleva otra derrota electoral. Cuidado, al PSOE se le ha castigado por un desastroso gobierno. El votante todavía no pasó factura al PP por su equívoca oposición.

 

     Nuestros políticos, a lo que se viene observando, aderezan sus propios yerros con remiendos para desfigurarlos (quién sabe si pervertirlos) y hacerlos provechosos. Esfuerzo estéril. Demasiado abismo entre velocidad y tocino.

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22 Mayo 2011

UNA INDIGNACIÓN, ME TEMO, CON FECHA DE CADUCIDAD

 

     Esta mañana, navegando por las recónditas e infinitas vías de internet, me he topado (a expensas del azar sin excluir, en la lejanía, una enigmática impronta) con el vocablo anisotropía. Designa una característica general de la materia por la cual determinadas propiedades físicas varían según la dirección en que son examinadas. Lo mismo ocurre, pensé, con el apelativo, estima o dimensión con que aquilatamos el movimiento Democracia Real Ya (DRY). Resulta curioso, también aleccionador, los paralelismos entre leyes y conceptos físicos con los comportamientos, actitudes y significado del cuerpo social en su dinámica, más o menos incentivada.

 

     A nadie escapa (si exceptuamos políticos y algún comunicador infiel) que el personal fuma en pipa, sirva la premisa subversiva. El paro por si solo fundamentaría el atracón de nicotina en esa metáfora que pretende suavizar expresiones iracundas, acordes con la exaltación vehemente provocada por la ley antitabaco. Añadamos alguna minucia: Unidad e independencia judiciales; CGPJ y Tribunal Constitucional elegidos, ad eternum,  por el ciudadano , con posibilidad de recusarlos mediante la acción popular bajo determinadas condiciones; Cambio de la Ley Electoral para que el Congreso represente la soberanía Nacional y el Senado la Territorial; Organización del Estado con viabilidad económica; Responsabilidad jurídica de políticos y financieros en delitos económicos con la restitución de lo distraído; Auditorías publicadas; Uso exquisito de los caudales públicos; Desaparición de castas políticas, sindicales y, en menor medida, "ilustradas". En definitiva, una auténtica regeneración democrática.

 

     Este movimiento auspiciado por la "indignación" social, presenta dos interrogantes al menos. ¿Por qué se inicia la semana preelectoral? ¿Por qué ha de terminar, divulgan los convocantes, el domingo veintidós? Si sobran razones faltan, desde luego, intenciones. Tuve la fortuita ocasión de presenciar el trámite del movimiento zaragozano en plena Plaza del Pilar; Yo, idealista y rebelde casi septuagenario, congenié enseguida con la veintena de jóvenes y jóvenas (Carmen Romero dixit) universitarios que, sin estridencias tanto en el vestir cuanto en la expresión, se afanaban comúnmente en preparar notas de prensa y confeccionar pancartas reivindicativas. Modosos, sin aspavientos. Me despedí   animándoles en su ansia por labrar un futuro de libertad.

 

     Poco a poco, tras una semana de vorágine viajera sin apenas noticias, fui tomando conciencia de lo ocurrido, sobre todo en Madrid. Internet me ofreció un manifiesto, complementado con propuestas, asumibles las más. Otras, por contra, simulaban un canto poético a las tinieblas; alucinaciones gráficas, romanticismo barbilampiño, como algunos nombres que surgían asimétricos, fulminantes, en la relación de adhesiones. Porque estoy a favor, en gran medida, no me atrevo a prejuzgar interés electoral alguno achacable (siguiendo el tópico) al autor intelectual de este movimiento bautizado previamente 15 M. Me intriga, sin embargo,  la decisión de enterrarlo junto al último voto.

 

     Desconozco si los "indignados", su obcecación de mesar las barbas a la Junta Central Electoral, con el beneplácito -al parecer- de quien "salvaguarda escrupulosamente la ley en defensa de la seguridad ciudadana", afectarán o no al resultado de las urnas; si continuarán o no las movilizaciones tras el día veintidós (tengo la esperanza que sea impredecible su final como corresponde a todo acontecimiento caótico). Sé, y no es poco, que, más allá del bipartidismo, del inútil ocasional que nos gobierna, de los cómplices financieros, empresarios y medios, me abstendré hasta que un partido me ofrezca una verdadera regeneración democrática. Hasta entonces, exhortaría a mis compatriotas, como única solución posible, hicieran lo propio con el objetivo de alcanzar una abstención próxima al noventa por ciento y dar un verdadero escarmiento a quienes se acuerdan de Santa Bárbara sólo cuando truena. Lo contrario, suceda cualquier cosa a favor de unos u otros, significa seguirles un juego parecido al cuento de nunca acabar.

 

 

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10 Abril 2011

IL TROVATORE... MATUTINO

 

Yo, un tipo de pueblo por nacimiento y crianza, prefiero llamar las cosas por su nombre, evitando atemperar el mensaje o atributo con expresiones que, tras rechazar la falsedad hipócrita, ahondan el ancestral sentimiento trágico de la vida. Para catalogar a alguien poco dado al escrúpulo, a la servidumbre, siempre utilicé un vocablo popular, castizo: cantamañanas. Hoy, atenuado por los años o el entorno -quizás inducido por la frescura jovial, socarrona, de mis hijos- utilizo con moderación la estructura italianizante que abre estos renglones.

 

Mi paisano de autonomía José Bono, en ese -ya inevitable, congénito- tono distintivo, mitad monacal, mitad aguerrido, se dejó oír semejante frase que no tiene despojo: "A Zapatero le interesa más España que el PSOE". Sospecho la vena ladina del político en cuestión (asimismo cuestionado); no excluyo camuflara el aguijón cáustico bajo su gesto enigmático, amistoso. La herida letal proviene de quien levanta el brazo ofreciendo ese ramo que oculta la daga. Bono aporta escaso crédito entre sus pares; no en balde es un superviviente. Por oposición debe ser sólido, fidedigno, allende la lucha partidaria.

 

Ignoro qué soporte induce al presidente del Parlamento a tan arriesgado y tajante aserto. Pudiera ser materia de fe la razón (irracional) que le impulsa a proclamar con entusiasmo, sin cotejar, apreciación tan encontrada. No consigo avistar al escurridizo prócer nadando contracorriente. Constituye, por tanto, un misterio este afán generoso de loar a un cadáver, salvo que mi paisano -incauto y chamuscado en anterior ocasión- recele que el difunto es un vivo. En política me sorprendería encontrar "un monje del tiempo" que pronosticara la meteorología de modo tan fiable, tan certero. Blanco (nuevamente cada vez más Pepiño) le acompaña, por diferentes cuestiones, en el dúo que se aleja -lo aparenta al menos- de incipientes grupos muñidores. ¿Será Zapatero, al ocaso, un pirómano bombero? ¿Un patriota en segunda instancia?

 

Reconozco que al señor Rodríguez le puede interesar más España que el PSOE. Sin embargo, hasta ahora, ha demostrado con persistencia no convenirle, por encima de él, ni la una ni el otro. Al momento -perdida toda esperanza de seguir rigiendo los destinos del país- es posible, aunque extravagante, un cambio de rumbo sustancial. Antes, su impulso se orientaba a satisfacer la ambición desmedida de que hacía gala. Perdido el horizonte personal, don José Luis -libre de apremios perniciosos- podría recuperar (a imagen del famoso Caballero Andante) la razón, el equilibrio, la sensatez. Imagino, si así ocurriera, una metamorfosis inesperada, errática.

 

Sé que la Ciencia Ficción concentra en el adjetivo su carga real; es decir, tiene como único alegato la imaginación pródiga de los autores. Quisiera evitar cualquier paralelismo con esta variante literaria al articular mi tesis. Si tenemos en cuenta a San Mateo y a su recomendación, "por sus obras los conoceréis", queda poco margen para la esperanza. Uno y otro, Zapatero y Bono, tienen un pasado gubernativo lamentable, desastroso. No obstante -hecha tal salvedad- vemos al mayor vicioso protagonizar proezas insólitas. Zapatero sabe que Bono es un populista ineficaz, pero posee excelentes cualidades para el acuerdo. España necesita urgentemente no un gobierno (el que sea); precisa un pacto de Estado entre PP y PSOE. Ningún Ejecutivo, ni con mayoría absoluta, tendría capacidad para elaborar leyes tan complejas como vitales. Por ello, tanto en el gobierno cuanto en la oposición, el país requiere un Secretario General del PSOE alejado de sectarismos, capaz de integrar diferentes alientos sociales. Lo contrario significaría el golpe definitivo para España y para los políticos que gestionan su viabilidad. La Segunda República ofrece una lección magistral, que nadie debe olvidar.

 

Bono no es santo de mi fervor, pero -en la oposición- puede encarnar la postrera oportunidad antes de sobrevenir el caos. Inverosímil otra alternativa. ¿Se le habrá encendido por fin la bombilla a Zapatero y, en las últimas, fenece patriota? ¿Acaso será Bono un trovatore matutino? Dejemos que Cronos responda.

 

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8 Abril 2011

EL TSUNAMI SE LLEVÓ A ZAPATERO

 

Los pueblos mediterráneos, a caballo entre el fatalismo y la renuncia, acuñan pensamientos en los que este impulso -labrado a golpe de siglos- deja su impronta provechosa. "No hay mal que por bien no venga" es un proverbio paradigmático cuya traducción expresa la dicotomía contradictoria que aflige al individuo en su afán de pervivencia. Lares y penates, espíritus ancestrales, impiden al mal (a menudo materializado en cuerpo humano) hollar nuestros hogares, preservando así estancias y haciendas. Bien por esta intersección, bien a expensas del escarmiento popular que engrana infortunios y venturas bajo la supervisión de ininteligibles leyes físicas e incluso psíquicas, el terrible seísmo -sus imponentes consecuencias- sufrido por Japón ha salvado a España.

 

Imagino al amable lector perplejo, confuso; adornado simbólicamente con ese bocadillo inquisidor que el dibujante desorbita en el tebeo. Desmenuzaré despacio mis conclusiones recopiladas tras intensas horas de reflexión y análisis. Zapatero presenta una biografía pública muy clarificadora. Maximino Barte, su mentor político al que arrebató la secretaría general del PSOE leonés en mil novecientos ochenta y nueve  (con traición incluida), debe conservar frescas las "bondades" de tan ilustre y probo discípulo ideológico. De lealtad laxa, sin tribulaciones que le aten a personas o cosas, roído por una ambición desbordante, el silente diputado va escalando posiciones al tiempo que esgrime proyectos pomposos (puras fabulaciones oníricas) y un "talante" antagónico; así definido por la metafísica moderna para quien se deja llevar por la ilusión.

 

El señor Rodríguez inicia su periplo político joven, insípido, sin apenas experiencia laboral. Escaso de bagaje, exprime al máximo el indudable hechizo personal y la habilidad camaleónica que le caracteriza. Consumado táctico, espera el momento preciso para ir eliminando antagonistas. Despótico con modales tibios, pactistas, considera lastre a quien no le sirve, sembrando el camino de cadáveres al sol. Aguerrido pacifista, vehemente vendedor de quimeras, diestro (siniestro) retórico sin mensaje, seduce al más suspicaz y prevenido. Es el Louis de Rougemont (gran farsante) español. Yo, escéptico impenitente, me confieso engañado, asimismo, por quien la doblez forma parte medular de su código existencial.

 

Con estos mimbres, nuestro presidente lleva siete años desmantelando el PSOE, arrastrándolo a la hecatombe. Todavía peor, se empeña en fracturar a España y arruinar a los españoles. Una sociedad enfrentada, un país andrajoso, cinco millones de parados, financieramente faltos y sin protagonismo internacional, sería un escenario suficiente (necesario) para mandar a las tinieblas al inútil que nos gobierna; un mago infausto, un mercader del humo. Así sucedería en cualquier Estado democrático; pero España sigue siendo diferente.

 

Zapatero sólo muestra adhesión a las encuestas. Son, en términos musicales, su metrónomo; quien marca los ritmos, el que ajusta los tiempos. Conoce como nadie apetitos y flaquezas, sabe qué y cuándo hablar u orquestar un mutis sigiloso. Exhibe una estrategia diabólica, pues se deja enterrar antes que correligionarios y rivales certifiquen su obituario. Ladino, contribuye a levantar falsas expectativas para descubrir las cartas desleales. Tres factores oportunamente manipulados le harían conseguir una tercera legislatura: un amago de crecimiento económico, el abandono de la violencia por parte de ETA y -para terminar- una oposición roma; acaso la clave decisiva.

 

Efectivamente, el recambio era él mismo. Ni Rubalcaba (¿dónde llegaríamos?) ni Chacón (conversa sin fianza). Los otros, el banquillo, se encuentran a buen recaudo, en dique seco. Para su desgracia, ese imponderable trágico del terremoto arrebató toda posibilidad de ejecutar la maniobra que, con gran estrategia, tenía meditada. El tsunami posterior, entre millares de víctimas, ahogaba los planes de Zapatero. Ya no puede ofrecer, tras asolar la economía globalizada y abrir el debate nuclear, ningún brote para el citerior año electoral y su derrota se otea segura. La sociedad, hambrienta, esquilmada, harta, no suscribe más patrañas. Una carnicería humana le dio el poder y un cataclismo natural se lo va a arrebatar.

 

Érebo, dios mediterráneo de la oscuridad y la sombra, parece ser (según todos los efluvios) norte y guía de su calamitosa actividad pública.

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Sobre mí

Soy un profesor jubilado que utiliza el tiempo en gozar de sus nietos y en satisfacer su hobby desde siempre: escribir artículos

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