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La Coctelera

tio-anton

17 Diciembre 2009

EL PUFO

 

     Decía Thor Heyerdahl: "Hoy se podría definir el progreso como la facultad de la humanidad para complicar lo sencillo". Si hacemos un pequeño esfuerzo por digerir esta reflexión, entenderemos cuánto de verdad se encierra en ella. El progreso, pues, se convierte en una paradoja -con sentido negativo- entre lo viejo y lo nuevo, lo real y lo aparente, la vigilia y el sueño. Darwin, dentro del pragmatismo que le permitía la disciplina científica, había asegurado tiempo atrás la inexistencia del progreso. Sentada esta base, ¿qué significa, entonces, ser progre? Siguiendo el hilo lógico, ser progre debe ser similar a ser buñuelo; algo lleno de aire, fluido, expandible y cambiante por la presión y la temperatura, según las leyes físicas que rigen su naturaleza y comportamiento. Alguien ajeno a la ciencia, en su acepción más restringida, definió progresista al individuo que se reviste y presume de modernidad. De momento, la vacuidad, el revestimiento y la presunción -rasgos que caracterizan genéricamente, al parecer, tal estadio del carácter- no ayudan a entrever, en el colectivo, motivo de exultación o magnificencia.

 

     La progresía, desde mi punto de vista, no debe suponerse dentro del ámbito material, como el afán irresistible para mejorar la calidad de vida a través de la dinámica social; entre otras razones por las contradicciones que implican definir "calidad de vida". La esencia progresista debe encontrarse en una actitud abierta del individuo, en un proceder tolerante, armónico y dialéctico; el eclecticismo debería ser el motor preciado del progreso. Julio Anguita, beligerante siempre con lo reaccionario, manifestaba en recientes fechas: "si me quieres insultar llámame progre". Los años, ese juez indiscutido, nos conceden desenmascarar la hipocresía, la falacia, de esa clase (gremio o grey) denominada -en ocasiones, autoproclamada- progre. El patrio, desconozco las peculiaridades del foráneo, despliega particulares muestras de dogmatismo, aun sectarismo, condimentadas con insultante prepotencia e impunidad sociales; es más, una minoría o mayoría -no sé- de individuos acomplejados por el guión, alaban y justifican (hasta las salidas de tono) a estos soldados de fortuna, tocados por la cobarde arrogancia de quien se siente amparado por el poder político, mediático o comunal. Disfrutan de una fecunda edad de oro. 

 

     José Miguel Monzón Navarro, nacido en una familia de clase media alta en 1955 (ajeno, por tanto, a las inclemencias del franquismo), es un paradigma progre; luchador contra la dictadura y demócrata de toda la vida, según puede deducirse de sus exabruptos al antiguo régimen y al PP, que él -ni corto, ni perezoso- supone cómplice. Por esto, en selectiva a la par que obcecada frecuencia, los somete a nivel individual y colectivo al escarnio hosco, en esas farsas coléricas que sus acólitos prestigian de humor mordaz e inteligente; sin dejar margen a la duda o permitir ubicarlo, como procedimiento saludable, en higiénica cuarentena. Médico, humorista, actor, director, escritor, músico y presentador; es conocido como el Gran Wyoming, un apelativo tan petulante cuan falto de justeza y justicia; inferencia directa por la implicación de enanismo personal que trasluce el haber tocado tantos palillos, necesariamente sin ninguna maestría. Responsable de un ¿programa de humor? en una televisión nacional, engendrada in vitro si hemos de hacer caso a las malas lenguas, permite un mezquino montaje -en el lindero del delito, velado por la dúctil libertad de expresión (confundida en multitud de ocasiones con la expresión libertina)- tomando el esqueleto de unas declaraciones comprensivas e inadecuadas, pero este es otro tema, de Hermann Tertsch. Fue, a todos los efectos, una agresión moral; sin que, por el momento, pueda establecerse ligazón directa entre esta y la posterior embestida física que sufrió el periodista de la televisión madrileña.

 

     El lamentable suceso, ha traído un apéndice maldito, aunque esperado: el cruce de manifestaciones entre los partidarios de uno y otro. Tocados, ambos, por cierta destemplanza, producto quizás del desigual otoño climático que soportamos, unos argumentan con hechos claros e hipótesis nada pueriles, mientras el resto lo hace con conclusiones que se auto alimentan en sus propias tesis, mostrando no sólo la inconsistencia de sus veredictos sino también la tacañería en admitir el yerro. Morir, antes que perder la vida. Es el ejemplo plástico de los ingredientes hallados en el progre hispano.  

 

     Lo dicho, nos permite deducir que el señor Monzón carece de altura y por tanto es falso el apelativo de grande (Gran Wyoming); no es médico, humorista, actor, director, escritor, músico ni presentador; es un poco todo y lo contrario. Es agresor y, en sus propias palabras, víctima; una forma definitiva de no ser nada.  Es, a la postre, un pufo.

 

 

 

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Sobre mí

Soy un profesor jubilado que utiliza el tiempo en gozar de sus nietos y en satisfacer su hobby desde siempre: escribir artículos

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