EL FANTASMA DE LA ÓPERA BUFA
Adelanto mi pretensión única de establecer un paralelismo entre la célebre novela de Gastón Leroux -por tanto un relato producto de la fantasía- y la presente realidad nacional, dramática con jalones cómicos, casi histriónicos; de ahí el apéndice bufo. Me permito, como licencia necesaria, trazar una mínima divergencia con el guión primigenio al trocar conceptualmente el complemento -ópera- espacio físico por aquel de contenido músico-teatral. El resto de las anotaciones referidas a personajes, circunstancias y desenlace, presentan matices que son el fiel reflejo de lo idéntico (y que iremos desgranando en los renglones siguientes), junto a aquellos episodios que los anales y la certidumbre recorren por senderos opuestos.
Los hechos, a medio camino entre lo gótico y lo surrealista, presentan componentes fronterizos, alternativamente, con el romance, el terror, el misterio y la tragedia. El protagonista es un aventurero que aterriza en la política para atraer el ánimo y la querencia de una nación que, al parecer, no le gusta ni en su morfología ni en su historia; por eso pretende cambiar ambos aspectos y plegarla a sus anhelos estéticos; a la vez, quizás, que psicóticos. Se adueña de la batuta, paso previo para dirigir la orquesta, captando la voluntad a dos importantes primeros profesores, uno de Madrid y otro catalán, para enseguida, una vez conquistado el podio, dejar a ambos sin partitura. La inanidad técnica del rival, acompañada por un doloroso suceso, todavía envuelto en un impenetrable misterio, le hizo agarrar (no encuentro verbo tan oportuno) la varilla armonizadora para la que no mostraba ningún apresto académico ni virtuosismo auditivo; como se constató en los primeros ritmos. Equilibró esas deficiencias notables con unas extraordinarias dotes vocales, hasta el punto de medular todos sus "éxitos" en este mérito nada proclive a la consonancia del conjunto pero eficaz en el arrobo de una moza poco exigente o muy dubitativa
De espaldas al respetable, en trance orgiástico, subvierte los cánones formales de la orquesta y, sin romper el organigrama virtual, acapara -él solito- la percusión, violines, pitos y flautas, sin que acepte ninguna salida de tono que no sea la suya, salvo exiguas excepciones permitidas a su primera soprano. Un mal director precisa, para no desmerecer, peores músicos y desde luego no puede negársele la exquisitez en la elección, acusando una gran mediocridad, a la par que una ausencia del sentido del ridículo inaudita. Con estos ejecutores, el adalid se transforma en un fantasma de sí mismo, no sólo por la falta de huellas sino por su quehacer inmaterial y por su naturaleza espuria. España, doncella de buen ver, ronronea cual gata melosa por el sortilegio del nuevo galán, olvidando a poco los cortejos triunfantes del postrero enamorado, algo arrogante -sin exagerar, barroco- en los últimos compases. Poco a poco, fascinada por el verbo y por los medios (modernas trotaconventos de favor y óbolo inseparables), no por la melodía del grupo, la nación cae rendida por las malas artes del aparecido que llena lentamente su mundo de ansias ancestrales. Desvencijada, la damisela -medio pura, medio boba- se estremece lujuriosa entre arrumacos y revolcones.
El tiempo (su paso), la estridencia instrumental procedente del extranjero, la inquietud del pasivo oyente ante el estruendo y, sobre todo, la incapacidad de quien debe restablecer el tono, permite al cuerpo femenino recuperar el sentido. El fantasma, ahora, blande la batuta en cualquier teatro, anfiteatro, auditorio, sin que haya orquesta ni público; se conforma con la foto, esa donde el ademán incompleto, huérfano, insonoro, es su mejor versión. La dama, roto el embrujo, enmarca su cara en el terror que le causa la contemplación del verdadero rostro; esos rasgos ideales de quien suponía un amante adorable cuando, en el fondo, ve un mezquino gigoló más.
Al fantasma, descubierto y casi a la fuga, le queda como última opción, cual moderno Fausto, vender su alma al diablo americano: hacer un dueto con Obama, cuyo crédito orquestal podría hacerle volver de nuevo a los titulares de la primera plana. No obstante parece que, perdido el cobijo europeo, el profesor USA desiste de compartir -ni de exponer- un miligramo de su solvencia. ¡Pobre fantasma encadenado a sus fantasmadas!
