LA OTRA CATALUÑA
A manera de prólogo.- Poco a poco los efectos se van subsanando; no así las causas que unos meteoros airados pusieron al descubierto: penuria de infraestructuras, imprevisión, carencia de rigor, indeficición, irresponsabilidad. Sólo los catalanes tienen la solución.
Este es el epígrafe que encabezaría la tesis sobre la diferencia entre la Cataluña oficial, ocupada en porcentajes e intemperancias lingüísticas, y la que hace bandera (también patria) del "seny", de la cortesía hospitalaria; en fin, del carácter catalán hecho cordura, normalidad. Me encuentro en Lloret de Mar y esta circunstancia en un castellano pudiera enjuiciarse traumática, difícil de aliviar, a consecuencia de tópicos circulantes por nuestra extensa y seca -no es un sarcasmo- geografía. Muy al contrario, me encuentro -junto a mi esposa- en casa propia sin que falte la deferencia o sobre, no ya la animadversión, sino la mínima hosquedad ni displicencia. La climatología, con ese fondo imprevisible, se impone y trastoca pensamientos, planes, acuerdos; simplemente juguetea traviesa, procelosa, insensible, con anhelos y pasiones humanas. Hoy, lunes ocho de marzo, los meteoros furibundos han mostrado, impúdicos, su naturaleza devastadora. Viento y nieve se han enseñoreado de toda Cataluña y especialmente de la Costa Brava gerundense. El interior, majestuoso, empinado, prevenido, acostumbra padecer con frecuencia el blanco invernal y una tramontana gélida, cortante, genuina en sus consecuencias. La costa, escarpada, profunda, pareciera guarecerse con cierta impunidad -tras esos farallones encrestados- de copos importunos, bellos e infrecuentes.
Madrugadora, la nieve caía copiosa, mórbida, cubriendo al instante parques, calles, vehículos y carreteras. El viento, caprichoso y bravucón, dibujaba ventisqueros traidores donde la sorpresa saltaba traviesa - acaso aviesa- crispando a conductores incautos o tentados por un entusiasmo excesivo. Hacía años que un conquense como yo, no contemplaba espectáculo tan intenso. La tarde climática, hacendosa en la sobremesa y nada sestera, dejaba -besando el agua- diez centímetros de inmaculado manto. A las cinco arrancaba una inquietud general. Nosotros, huéspedes hoteleros, fuimos algunos de los cuatrocientos mil habitantes gerundenses (nativos y transeúntes) que se quedaron sin luz, circunstancia que no ha variado todavía, veinticuatro horas más tarde (otros carecen de luces a la manera natural, sin sufrir ningún avatar atmosférico, durante toda su vida). Las entradas y salidas de las ciudades quedaron bloqueadas. Las autopistas, ayunas de quitanieves, se cortaron por imperativo y por inhibición de los respectivos responsables. Millares de personas pernoctaron en camas ajenas -los de mejor suerte-, en jergones o en neveras con ruedas. Según noticias, coincidentes en diversos medios radiofónicos, la inacción superó al caos y este rebasó lo "increíble", con tono catalán que es más riguroso. Niños y ancianos, sobre todo, deben sentirse orgullosos, agradecidos, de la "peña"; dicho con el menor respeto posible a los políticos que la forman.
Puesto que compagino ocio, placer y hobby, ahora -mediodía del miércoles diez de marzo- retomo el boli (soy de la vieja escuela, ¡qué le vamos a hacer!) para pergeñar de nuevo -tras dilatado lapso- el artículo, al amparo de un chambergo albaceteño que mitiga el frío; a poco, dueño del hotel envelado y romántico en esa especie de colación vespertina a la que me he acostumbrado. Casi cuarenta y ocho horas después, media Gerona (Costa Brava incluida; por supuesto, Lloret de Mar) sigue ávida esperando el milagro divino: "hágase la luz". Comercios, tiendas, negocios lácteos y cárnicos cerrados, arruinados en sus reservas y provisiones. Nosotros aquí, en el hotel, helados; pero a ellos los imagino incandescentes sin tener alta la temperatura corporal. Esto no sólo es un desastre, una vergüenza, que lo es; se trata de un síntoma inequívoco de tercermundismo. Me recuerda mi pueblo, mediados los cincuenta del pasado siglo, cuando, con aquellas líneas de postes medio podridos, cuatro copos vaticinaban varias jornadas a base de candil y plegaria. ¡Pobre Cataluña!
Se oyen voces con sordina contra el Conseller Saura. Unos, por raquitismo (entiéndase PP y Ciudadanos); otros, porque se ven reflejados cuando se asoman al brocal (léase CIU). Los demás vierten murmullos mímicos porque integran la misma cordada (es el tripartito que empezó su andadura revistiendo de ética unos porcentajes). El Govern no escasea de liquidez; presenta un déficit preocupante de gobernantes con capacidad, prestigio, austeros y rectos. Rebosan discrecionalidad, nepotismo y política sectaria, populista, absurda. Sobran también cuatro palmeros que enarbolan el independentismo con el mismo afán con que los niños de antaño lo hacían con la enseña nacional, empapelada a una varita ridícula, para recibir a la entrada de la villa la visita del obispo -generalmente- u otro cargo del gobierno, en muy raras ocasiones. Eso sí; los independentistas, más grandes (pero no menos infantiles) le ponen un plus de incivismo y de la intolerancia que alardean combatir.
La Cataluña que he conocido se encuentra en las antípodas de las generalidades. No genera problemas lingüísticos, ni muestra aversión por el idioma español, ni intriga. Es la España que podemos encontrar en Sevilla, Pontevedra o Zaragoza. Sufre, como el resto, unos políticos incapaces, poco respetuosos -inclusive- con lo ajeno (no seáis mal pensados, me refiero a los derechos). ¿Qué hacer para librarnos de estos dráculas?
