DOS Y DOS SON CUATRO
Este arraigado testimonio sanciona la consistencia, es el argumento de quien aspira ganar la confianza -entre escabrosa e inapetente- del interlocutor a las propias deducciones. La moda, irrespetuosa y atrevida, persigue trocarla por esa otra más imprecisa, incompleta y necia de: "blanco y en botella...". Aunque aquella apresta mayor carga de refrendo, ninguna presenta un fondo inequívoco de plena aquiescencia entre el relato y el hecho. El objeto, su autenticidad, es tan difuso que a menudo se nos escapa por no atinar el fenómeno con que se nos da a conocer o porque nuestra mente enfoca el ángulo inadecuado. Son, pues, fórmulas utilizadas no para plasmar la certeza sino para evidenciar la fortaleza de nuestras hipótesis. Se convierten, sin remedio, en herramientas de oráculo contemporáneo; cuyos aparejos, hastiados de divinidades e interpretaciones físicas o simbólicas, pasan por la observación y el sentido común. La verdad objetiva -compleja y fuente de constantes lucubraciones filosóficas- aunque dispar, no precisa aditamentos; es lo que es, sin más.
Los tiempos que corremos, generosos en tipos y acontecimientos increíbles, me llevan a un análisis poco atractivo de la realidad. Hay temas, perspectivas, que presentan, desde mi punto de vista, la constatación matemática que encabeza estos renglones. Sin ánimo de jugar un papel vaticinador ni adivino, deduzco una serie de conclusiones que a continuación desmenuzo. La crisis económica de España es un iceberg del que apenas avistamos nada porque, unos y otros, ocultan su verdadera magnitud. No hay horizonte cercano de recuperación, pese a los pronósticos ilusos (no ilusionantes) aventados por un presidente maléfico; todo se cocina, se maquilla. Es el engaño, el embeleco, permanente. La bancarrota nacional se otea cercana; estamos en puertas del ¡sálvese quien pueda! No hay prisas, la urgencia es innecesaria ya que el paciente huele a cadáver. Se concurre a reuniones, supuestamente técnicas, que configuran una farsa, histrionismo para ocultar los estertores y conseguir, con ornatos de batas blancas, alguna credibilidad internacional, muy mermada por cierto, hasta el momento -próximo- en que nos presenten el cuerpo exánime de la economía y otro equipo proyecte, a la corre prisa, un plan forzosamente prematuro, oneroso y debilitado. La inmigración y la demografía agudizan el momento. Emerge con fuerza un conflicto acuciante, las pensiones. Público cimenta la responsabilidad en el sistema capitalista y niega la coyuntura futura, como si el gobierno actual -su amigo y mentor- fuera neo con o tuviera que ponerse de soslayo (artículo de Vicenç Navarro 7 - 5 - 2009). Si se empieza a trabajar más tarde; es decir, se cotiza menos y la esperanza de vida aumenta, ¿se producirá, o no, desequilibrio en el fondo de pensiones? El apuro es indudable; otra cosa diferente es la solidaridad del Estado. ¿Error o manipulación?
El PP, los dirigentes con Rajoy a la cabeza, manifiesta un complejo de inferioridad moral, salvo dignísimas y poco aprovechadas excepciones, que le impele a auto inculparse de un pasado, visto con rigor, menos repugnante que quienes le achacan, oportunamente, connivencias con el franquismo; inciertas y provenientes, en su mayor parte, de apóstatas -reales o ficticios- que se nutrieron en sus ubres o de bisoños arribistas con fijeza de animal cornúpeta, pero sin nobleza ni bravura. La, mal llamada, derecha española, la heredera de la CEDA, jamás pactó con Franco; por contra Largo Caballero, líder ugetista y socialista, sí fue colaborador de Primo de Rivera; hazaña que ocasionó persecuciones sin cuartel a la CNT -sindicato rival- diezmado y que padeció, ¿con la anuencia y apremio del PSOE? toda clase de desventuras, por oponerse a la dictadura con energía y coherencia. El crédito, la superioridad moral de la, mal llamada, izquierda española es, cuanto menos, pura filfa, propaganda inconsistente, que un PP, trémulo, pusilánime, no acierta a desarticular. Por este desvarío, por esa identidad vacilante, Rajoy no ganará las venideras elecciones; las ganará un cambio incierto, forzoso, nada atractivo, tentativa y último recurso para salir del embrollo.
Zapatero sabe que en 2012 habrá casi seis millones de parados. Empobrecidos todos, no habrá tarta que repartir entre los nacionalistas y acabará solo. Le queda un as en la manga; baldío con el paso del tiempo, salvo adelanto inmediato de las elecciones. Creo que está en ello. Me refiero a la reinserción política de ETA. Los éxitos policiales de las últimas semanas, no se deben a la pericia de Rubalcaba, que empieza y termina en su actividad de fullero; tampoco al aumento de medios, ni eficiencia, de las fuerzas de seguridad del Estado; sí algo a la contribución francesa. Sobre todo, se debe a la lucha interna en la banda por deslizarse hacia la actividad política, para no dejar desguarnecido al PNV y porque percibe que la única salida jugosa, alineado el IRA con la paz, es un compromiso con el gobierno del PSOE, mejor con el maleable Zapatero. Una disolución definitiva de ETA, una paz verdadera en el País Vasco ya, permitiría a los nacionalistas retomar el poder y a este presidente inepto revalidar una tercera legislatura. Les queda para ello lo que falta de año, mejor en otoño. Ante cualquier aplazamiento, una crisis desmedida e inabordable engulliría el plan.
Fuera de toda contingencia, la abstención alcanzará cotas alarmantes, porque pondrá al descubierto la distancia astronómica que separa a los políticos de la sociedad. Si ganara de nuevo Zapatero quedaría un solar para nuestros herederos; pero dos y dos son cuatro.
