TODO UN LUJO
Madrugadora, la mañana me señala una tesitura de difícil alternativa. Pretendo hurgar el tema supeditándolo al mayor equilibrio que sea capaz de conseguir. Haré un gran esfuerzo para no herir sensibilidades ni dar pábulo a la diatriba feroz. Quiero, no obstante, tratar un lance generalizado que ignora lugares; también castas sociales. Los brutos -probablemente los más cercanos a la regla- hablarían de mear en la calle; los finos se decantarían por miccionar u orinar en la rua y los exquisitos censurarían la inoportunidad de convertir la vía pública en mingitorio ocasional. El hecho es el mismo, no cambia por abundante envoltura retórica que se utilice al presentarlo.
Si nos ceñimos a España, mediado el siglo XVIII, Madrid, verbigracia, sin canalización de aguas fecales, quedó en paradigma de la sorpresa permanente al grito: "agua va". Otra frase eufemística. Con demasiada frecuencia, lo lanzado por ventanales o aberturas al uso, eran -en castellano preciso- "aguas menores" acompañadas, eventualmente, por aquellas de mayor edad. El tiempo, inexorable, trajo la civilización, las infraestructuras urbanísticas y, a poco, las ordenanzas municipales obligaron a utilizar los desagües construidos al efecto. Se terminaron los sobresaltos, aunque no del todo. Las gentes, afectadas por una información genética de siglos, acuciadas por alguna necesidad perentoria e inaplazable, buscaban (cuando lo hacían) el rincón u otro espacio discreto para vaciar vejigas inoportunas.
Los pueblos, sobre el particular, tenían leyes más flexibles. Ayunos, hasta los años setenta, de canalizaciones e incluso del alquitranado de viales, no era extraño advertir (oculto ya el sol, en la penumbra nocturna) a algún individuo que se acercaba a su casa evacuando hasta casi la puerta. Convirtiose en costumbre común, máxime cuando acechaba la cama. Los ediles, con el alcalde a la cabeza, constituían la vanguardia local ejemplarizante de esta arraigada práctica. Yo mismo lo hice en multitud de ocasiones, sin que la confidencia pueda entenderse como proeza para el elogio o la reprobación personal; formalizaba, simplemente, una particular usanza arcaica, consentida social y administrativamente. Tal vez, en aquella época, era el único escape democrático. Lo realizaban pobres y ricos, jóvenes y viejos, iletrados y leídos; en fin, nobles y pueblo llano hermanados por un nexo común. Apreciábase cierto paralelismo con la granja orweliana.
Nadie vea en mis renglones un cántico a la transgresión, al mal gusto o al incivismo. Antes bien, constato un hecho, sin duda reprobable, fecundo en el pasado reciente. Aún hoy, indiferenciados por diversos motivos y situaciones, beodos y abstemios dejan su impronta fluida por calles, plazas y jardines, sin distinción de dignidades, edad o cargo. Estamos creados con la misma pasta y, además, "el mejor escribano echa un borrón". Incluso, modernamente, ellas -en un ejercicio de justicia, quizás liberación, mal entendida- se han aupado a semejante hábito. Es una incorporación, como mínimo, llamativa.
Interesado por las reseñas que afectan al país, ayer escuché una novedad sorprendente sugerida por la FEMP (Federación Española de Municipios y Provincias). Se refería al catálogo de multas que deberían aplicar los entes locales para alcanzar, en el 2013, una Deuda próxima al tres por ciento y converger con Europa. Exiguas las finanzas municipales, ¡qué digo! en rojo intenso, precisan una inyección monetaria inminente y copiosa. Desaparecido el ladrillo, las recalificaciones y las mordidas; huérfanos de previsiones ahorrativas e incapaces de acotar el derroche, el gasto suntuoso, hemos de prepararnos -según anuncio- para rascarnos el bolsillo con avidez, hasta la extenuación. Nos van a prohibir todo, excepto respirar (se impone preservar la gallina de los huevos de oro). Cualquier desacato a la norma, será corregido mediante abultada sanción económica. Así, de los cien o doscientos euros por mear, con perdón, en la calle, se pasa a los mil quinientos. Un abuso. Ante la carencia de servicios públicos, ya he oído a más de uno decir "yo iré mojado, pero seré más rico". Otras voces se inclinan por el "dodotis" o enclaustrarse en casa. Cada cual adelanta su respuesta ante tamaño afán recaudatorio. Algunos, entre los que me hallo, braman expresiones irreproducibles. Una cosa es la acción ofensiva, incalificable sin reservas, y otra muy distinta pasar, sobre el descocado actor, la apisonadora del escarmiento pecuniario; a todas luces desproporcionado.
¡Vamos! que, a partir de ahora, mear en la calle puede considerarse todo un lujo.
