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Terra
La Coctelera

tio-anton

17 Agosto 2010

UN DÍA DE VERANO

 

Son las siete menos cuarto de una mañana cálida de agosto, vacacional y ardiente. Enseguida  iré a caminar mis siete kilómetros de costumbre por un sendero tranquilo, aunque polvoriento. Mitigo el tedio entremezclando un espléndido paisaje natural que se abre a mis ojos con la música de un Mp 4. A lo largo del mes, estrenaré  jornada dándome la caminata matutina. De vez en cuando optaré por cambiar la ruta alargándola unos kilómetros, para romper la rutina y, así mismo, concluir una porfía adicional. La Mancha, seca y áspera, se hace inaguantable a partir de las once. Por esto, quien pretenda compaginar descanso con ejercicio, quien haya experimentado el efecto extraordinario de tan económica pauta saludable, debe sufrir -o gozar- el madrugón, tras un trasnoche dilatado. La disciplina nos exige  dejar la cama cuando el frescor mañanero suscita  plácidos sueños o vigilias libidinosas.

 

     Un pantalón corto multifunción (superbolsillado), una camiseta deportiva con texto en inglés, una gorra anuncio, el Mp 4 abrazado al cuello por una cinta gris y unas gafas, tras las que me oculto, conforman el atuendo un tanto curioso en esta pertinaz ocupación crepuscular. ¡Ah!, se me olvidaba, y un garrote veterano en mil batallas contra esparragueras, cardos u ortigas. También me sirve de freno y apoyo.

 

     Así, de esta guisa, me lanzo por el camino de Consolación; un lugar donde la flora se transmuta en exuberancia, donde las aguas corren cristalinas -tintineantes-  por  doquier y antaño muy apreciado por veraneantes valencianos y madrileños. En el pasado, era una vía de carros que comunicaba el pueblo con el santuario erigido a la Virgen de Consolación. Hoy, junto a coches devotos u ociosos, sólo transitan tractores y demás vehículos que hacen al agricultor la vida algo más cómoda. La tierra se mezcla, generosa, con gravilla suelta, en un afán  osado, quizás obtuso, de conseguir piso duradero. Sin alquitrán o cemento, las ruedas muerden constantemente, erosionan, arrancan; en definitiva, a la larga, aparece una mezcla heterogénea y perturbadora de materiales sueltos. Algún conductor descerebrado acelera, al paso del caminante, y la polvareda -ya descontrolada- se suma al penoso marchar sobre pedruscos. 

 

     Casi cuatro kilómetros separan la población del sitio. A buen paso, cuarenta minutos bajar. Otros tantos subir. El camino se hace corto, cada vez más. Sin embargo es sendero de penitentes. En alguna ocasión he encontrado convecinas (siempre son mujeres) con los pies desnudos por una promesa. Desconozco la extraña fuerza que les mueve a bajar descalzas cuando bien pertrechados los pies, incluso, supone bastante sacrificio. A palo seco, consumar el itinerario no presupone ninguna tortura mas tampoco es un trayecto cubierto de rosas.  Yo, acostumbrado, lo transito sin vacilación.

 

     La vuelta la realizo sobre las nueve. Sudoroso y cansado, llego contento. Significa una victoria, imponerse a un reto diario. A veces la desgana anida próxima, merodea por mi ánimo y termino casi entregado. Sólo la voluntad reclama una respuesta concreta; impone el envite mental de reclamar energías renovadas. Mañana me espera, no obstante, otro impulso, otra lucha y otro triunfo. Es el pan y la sal hodiernos.

 

     Lecturas o un nuevo artículo completan la mañana. La tarde empieza con varias partidas al dominó. Las discusiones, el comentario -no siempre sereno- y la mofa forman parte esencial de este pasatiempo que se ha convertido en lance de honor. Solemos jugar los mismos e igualmente emparejados, motivo necesario para dar o escoger el campo de batalla al rival, convertido de hecho por poco en adversario. Lo mandan los cánones. En este juego, el contrario es enemigo o no es dominó. Después, la alegría o cabreo (según tercie la partida) se ponen pedigüeños con los estros. Manguerazo a las plantas, hambrientas de agua, en el ocaso de la tarde y cena frugal. Algo de televisión (cordón umbilical que nos une al mundo exterior), bañarnos un poco de luna, gozar de la temperatura fresca, aun fría, y, al filo de las 12, dejarnos vencer por un descanso reparador.

 

     Esta es, a grandes rasgos, la historia de un día cualquiera en mi patria chica: Villalpardo, un pueblo acogedor de la Manchuela conquense.

 

                    

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Sobre mí

Soy un profesor jubilado que utiliza el tiempo en gozar de sus nietos y en satisfacer su hobby desde siempre: escribir artículos

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