INSULTO, AGRAVIO Y REBUZNO
La Verbena de la Paloma, en las postrimerías del siglo XIX, amparaba un anuncio meritorio, esperanzador, incuestionable: "hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". La verbena sin más, acomodo de la política en los últimos años (tras el transformismo invasor), nos ha dejado una ristra de mensajes antiestéticos, deformados; ansiosos por palpar los órganos olfativos o, menos decorosamente, las partes pudendas del adversario; in extremis, a todos los oyentes, videntes y mansos en general. No parece lógico achacar esta fiebre postrera de alergia a la explanación extraña, al cambio climático; vigente igual para un roto que para un descosido. Sería injusto, asimismo, cargar las tintas contra la coyuntura económica como manantial semántico acompañado de un tono desaforado y estentóreo. Menos, si cabe, adosarla a ser, objeto o fenómeno lejano al bípedo reinante en esta selva globalizada y que, por momentos, exhibe -casi con orgullo, por lo visto- otras dos patas de reserva ligadas a su sensato afán previsor.
Llevamos días sacando lustre a las palabras de un regidor sin miramiento, veloz, fácil de gatillo. Por ventura lamentable, la atmósfera se ha enrarecido al adicionar dos frases más depuradas, con mayor calidad literaria, pero igualmente reas de grupos exquisitos en su umbral perceptivo o tocados por intereses electorales u ocultistas; con mayor enjundia material, pecuniaria. El señor Sánchez Dragó, ajeno a mi devoción, y el señor Pérez Reverte, próximo a mis afectos, proporcionan alimento extemporánea e inmaterialmente a esa jauría que pretende sacar rédito de la nada. En el primer caso, sin pasar por alto la depravación implícita, lo formulado podría suponer un delito. Fin. Si así se considerase, lo propio es presentar una denuncia por presunta infracción penal; no transfigurarse cada cual en juez contingente e inquisidor moral, una especie de justiciero anejo a un hipotético Tribunal Universal. Don Arturo utiliza una comparación rutinaria, frecuente; un matiz -hasta licencia- en el retrato, pero sin valor sustantivo; visto con ecuanimidad, inofensivo. Los aspavientos conforman un tema nuevo.
Atropello es el término que aúna, hermana, giros tan dispares en oportunidad y carga injuriosa. Cuando los ministros del ritual introducen ambigüedad a los signos de la ceremonia, no debe estimarse aventurado interpretarla como un burdo acto de manipulación y demagogia. Hay tres vocablos sinónimos o, cuanto menos, no disparejos: Insulto, agravio y rebuzno que podrían abanderar, casi indistintamente, aspecto cualquiera de los enunciados.
Para el diccionario, insulto es palabra o expresión que se utiliza por el emisor con la intención de lastimar u ofender o que se considera por el receptor como tal. Insiste, "no se puede determinar con precisión ya que se haya sujeto a convencionalismos sociales y culturales". Se colige de la definición que la existencia real del insulto requiere tres actores imbricados: el emisor, el receptor y los convencionalismos. En la práctica no pasa de ser un aderezo volitivo interpersonal, una línea entre dos puntos, necesariamente recta según el postulado socio-cultural. El insulto requiere la complicidad de dos individuos solitarios, por tanto se acredita refractario acérrimo a la masa. La cohorte de ofendidos y defensores, deja ver con claridad lo engañoso del debate.
El agravio significa dicho o hecho con que se humilla, desprecia o perjudica a alguien. Se evidencia así la maldad suprema, el insulto inigualable implícito en su formulación. El gobierno -junto a la claque estridente que le sigue fiel- somete al ciudadano a la humillación, al desprecio, cuando no a la requisa, en un acto pleno de mezquindad. Somos los españoles -únicos insultados, agraviados- quienes deberíamos poner el grito en el cielo, a quienes, revestidos de toda autoridad moral, correspondería exigir disculpas no exentas de resarcimientos para extirpar la impunidad imperante. Aun saturados de razones, constituimos la mayoría silenciosa, dicho con otra dicción la voz que clama en el desierto. Sin embargo, cuando la crítica ácida o poco amistosa alcanza a uno de los suyos (patrimonio casi mafioso), la clase política se exalta en demasía y el estruendo, siempre rentable, se impone impropiamente al nivel de los pretendidos insidia, daño e infamia.
Rebuzno tiene dos acepciones que plasman la misma carga definitoria: emitir un burro su sonido característico y decir tonterías. Cualquiera de ellas especifica sin exageración la actitud, el comportamiento, de al menos quien por su dimensión pública quedaría forzado a mantener la boca cerrada como estado propio, de acuerdo con el compromiso personal y social asumido tácitamente, permitiéndole romperlo sólo para dibujar un inocuo bostezo.
Queda, pues, meridiano que no podemos creernos ni el insulto ni el agravio, menos si se les ubica en espacios exclusivos de élites o castas. Respecto al rebuzno nos sobran argumentos para considerarlo síntoma común, democrático; elemento conciliador entre la alcurnia (prepotencia) y la humildad. Es patético constatar que el siglo XXI aparezca tan poco dinámico en referencia al progreso de las ciencias sociales.
Contemplando un incendio deberíamos distinguir la llama de -remitiéndonos a la canción- el humo que ciega tus ojos.
